lunes, 3 de septiembre de 2007

Ernesto Montenegro: el hombre brillante que descansa sobre un olvidado busto


Las ciudades en general, grandes o chicas, no serían lo mismo sin sus innumerables estatuas, memoriales y bustos, recordándonos cada momento de la historia de nuestra comunidad y a esos personajes que matizaron el ir y venir del transeúnte anónimo, en la inacabable construcción de nuestra memoria. Los fragmentos de la historia de cada ciudad se pueden leer en cada señal de ruta, en cada cartel que indica aquella calle, en cada busto o plazoleta representativa de algún personaje fuera de lo común. Todo esto lo sabríamos de ser un atento peatón, condición de que la mayoría estamos distantes.

Cuántos de los atentos lectores de esta nota han paseado su humanidad hacia los baños públicos, ubicados entre el muro lateral del Teatro Municipal de San Felipe y la galería comercial del edificio Prat. De los que han respondido afirmativamente, cuántos han fijado por más de un segundo la vista en el busto de piedra equilibrado en la aguda pendiente del prado trasero de este último edificio, mientras entran raudos de compras o urgidos por la naturaleza al baño público. Cuántos saben que ese busto corresponde a uno de los hijos más prolíficos de esta tierra: el polifacético escritor, eximio periodista, viajero impenitente y almendralito de nacimiento, Ernesto Montenegro Nieto.EL GRAN ERNESTOPersonaje por dónde se lo mire, Montenegro nació en el conocido sector de El Almendral de la comuna de San Felipe el 6 de abril de 1885 bajo el alero de una de una antigua familia que aun sobrevive en el sector.

Este lector ávido, que consumía libros con una voracidad poco comprendida por su familia, que llegó a temer por su salud por esta envidiable adicción, recibió su enseñanza humanista en el antiguo Liceo de Hombres, hoy convertido en el Liceo Politécnico. A los veinte años (1906) su alma trashumante y curiosa lo llevó a viajar al norte de nuestro país, para trazar un sinnúmero de crónicas y poemas, donde relataba acuciosamente la vida del pampino en sus campamentos y su denso trabajo en el caliche. Sus crónicas quedaron impresas en los registros de Diario “El Mercurio” y que además serían editadas en la revista “Pacífico Magazine”, en 1913.
OBRA LITERARIA Y VIDA DE PATIPERRO PERIODISTA

Como reza el dicho “obras son amores” y uno de los amores que más reconocimientos le trajo a este escritor en vida y después de su muerte -el 13 de junio de 1967 “cuando al ir a tomar un vaso de agua le falló el corazón en casa de una sobrina”- es el ya mítico libro de cuentos “Mi Tío Ventura”, que datan de sus años mozos en El Almendral, lugar donde los escribió rememorando los viejos relatos que le contaba su octogenario tío Ventura, entre las gruesas paredes de adobes de la casona que lo vio nacer. En 1933, con la ayuda de sus amigos escritores José Santos González Vera, Enrique Espinoza y Manuel Rojas, esos mismos cuentos serían editados. Más tarde, aparecerían innumerables reediciones, incorporándose desde hace años a los programas de Lenguaje en Chile y otros países de América. Además han sido traducidos a varios idiomas.

Otras obras publicadas por este autor son “Puritana”, crónicas periodísticas publicadas en Norteamerica (1934); el ensayo literario, “La novela chilena en medio siglo” (1935); el ensayo literario sobre aspectos de la literatura chilena de la época “De Descubierta” (1951) y otros ensayos como “Algunos escritores modernos de Estados Unidos, semblanzas y críticas” (1937); “Aspectos del criollismo en América”, en conjunto con Ricardo Latcham y Manuel Vega (1956); “Mis contemporáneos”; “Viento Norte, Viento Sur” y sus memorias “Memorias de un desmemoriado”.Además fue el primero en reunir y editar los poemas del gran escritor chileno Carlos Pezoa Veliz, quien falleciera muy joven por una tuberculosis (1909), en una antología llamada “Alma Chilena” (1912). En este trabajo, aparecen poemas antológicos como “Tarde en el hospital”, “El pintor pereza” y el entrañable poema “Nada”, inspirado en un hecho real que Pezoa Véliz vivió en una de las tantas visitas a su amigo Montenegro en la casona de El Almendral, narrando la aparición de “Un hombre flaco…sucio y mal vestido, tal vez un perdido” que “lo encontraron muerto en un arrollo” donde “nadie sabia nada del extinto, ni el vecino Pérez ni el vecino Pinto” y que “tras la paletada nadie dijo nada, nadie dijo nada”.

Como lo recuerda uno de sus discípulos, Carlos Ruiz Zaldivar, en “Las calles de San Felipe”, El “Tío Ernesto” -como lo llamaban los jóvenes escritores y periodistas locales- era dueño de un espíritu aventurero y curioso.No dudó en partir a muy temprana edad del suelo que lo vio nacer y sin complicarse en lo más mínimo, desde 1915 rondó por todos los países de América. Viajó a Estados Unidos, donde hizo una destacada carrera en el periodismo. Además recorrió Europa, India y Medio Oriente, continentes a los que se adentraba premunido sólo con su precario equipaje: una máquina de escribir “Underwood”, su pijamas y sus útiles de aseo.

Este notable intelectual, además de ser un escritor de notoriedad, hizo que su versatilidad intelectual lo ayudara a sobrevivir traduciendo obras clásicas de la literatura universal. Como reportero, ostentaba un bagaje periodístico que lo hizo acreedor de tribunas en periódicos de la importancia como “El Mercurio”, en Chile; “La Nación” y “La Prensa” de Buenos Aires; “El Universal” de Caracas, “Excelsior de México”, el “New York Times”, el “Herald Tribune” y el “Christian Science Monitor”, de Estados Unidos, para los cuales además fue un solicitado corresponsal en la Segunda Guerra Mundial. Todo esto, sin contar la colaboración en un sin número de revistas en varios países.

FUNDÓ LA PRIMERA ESCUELA DE PERIODISMO DE CHILE

El periodismo, como muchos otros oficios, en esos años era ejercido por profesionales que llevaban en la sangre el ímpetu de la escritura y la curiosidad, siendo un oficio casi místico ejercido por abogados, escritores, poetas, políticos o quienes se formaban en talleres de redacción y prensa de los periódicos.En esos años, el periodismo tenía un aire bohemio y de aventura, estereotipado y casi exclusivo de medios escritos y de radiodifusión. Pese a lo que se pueda pensar, la idea de la profesionalización y reglamentación del periodismo en esos años no era muy bien recibida por algunos sectores de la “vieja escuela”, que consideraban una atrocidad que el periodismo pudiese ser enseñado en las aulas. Para ellos, el buen periodista estaba determinado por las condiciones naturales, el estilo, “el olfato”, la agilidad de la pluma, “la calle”. En otras palabras, por habilidades innatas.

Nuestro escritor y periodista Ernesto Montenegro, arriesgado y visionario como era, no tardó en enviar una respuesta a sus colegas incrédulos, asumiendo el cargo de director de la primera Escuela de Periodismo abierta en la Universidad de Chile, el 31 de agosto de 1952.A ellos responde de la siguiente manera: “Algunos viejos profesionales dicen que la idea de convertir en periodistas a todos los que aspiren a serlo, es absurda, pues el buen periodista es el que se ha formado en la libre competencia, por el saludable proceso de eliminación de los incapaces... Una escuela universitaria tiene otros objetivos. En tal escuela se puede afinar el instrumento capital del periodista, que es la pluma; o para hablar con mayor propiedad, su capacidad, la precisión y eficacia que debe tener el estilo periodístico. No hay exageración en decir que la mitad del vocabulario es de uso incorrecto y la otra mitad enteramente innecesaria… Una Escuela de Periodismo bien programada une la formación técnica con la intelectual. La inteligencia del periodista, robustecida con un bagaje de conocimientos. Le habilita para juzgar con más certeza y para criticar con más justicia. También permite acceder a una formación ética. El alto periodismo debe ser una escuela de integridad moral, de respeto por la verdad, de urbanidad y tolerancia bien entendida”.Tras eso, no había nada más que agregar.

EL BUSTO OLVIDADO

Hoy, pese a todos los méritos de un hombre genial, que cruzó la frontera de Chile mostrando sus capacidades, sólo un olvidado busto lo recuerda, junto a los baños públicos.Es un desabrido y frío busto de piedra (como casi todos los bustos) de este icono de las letras aconcagüinas y nacionales, dispuesto como guardia de punto fijo en los baños públicos del centro de la ciudad.La figura se le encargó al escultor viñamarino Francisco Javier Torres en 1980, a petición de algunos comunicadores locales, (donación que hizo finalmente el Colegio de Periodistas y “El Mercurio”). Este busto recorrió, casi tal como el personaje de carne y hueso, las bodegas del municipio, hasta encontrar su poco honorable posición actual en el año 1990, con la promesa de ubicarle una plazoleta entre las alamedas que pudiera llevar su nombre y donde por fin esta figura pudiera ser mirada por más personas, no sólo aquellos peregrinos urgidos desapareciendo en el subte de los baños.

En el supuesto de que algún día alguien decidiese desembolsar dinero para “rellenar” algún espacio público con este busto, ¿no sería mejor utilizar ese mismo dinero para conseguir los originales de su nutrida obra literaria y periodística para mantener ese material al alcance de las manos en nuestra biblioteca pública?Quizás ese esfuerzo podría usarse para reeditar toda esa perdida obra o, quizá, cambiar el nombre de la biblioteca “San Felipe el Real” por Biblioteca “Ernesto Montenegro Nieto” y enclavar aquel busto de piedra frente a la puerta de esta casa de libros, para que en vez de mirar rostros constreñidos por la urgencia urinaria, este incansable lector, escritor y periodista mire, “per sécula seculorum”, rostros y espíritus ávidos de cultura y de sus bien amados libros.

1 comentario:

Unknown dijo...

GRANDE TÍO ERNESTO. USTED ES UN MODELO A SEGUIR. SU OBRA ES ADMIRABLE. ESE TESÓN, ESA GALLARDÍA PARA ABARCAR LUGARES Y DESPLEGAR SU TALENTO. CIERTAMENTE EL MUNDO NO TIENE FRONTERAS SI SE QUIERE; Y TÚ LO DEMOSTRASTE.

GRACIAS